Ciudad del Vaticano
“No tengo voceros en Argentina”. La frase, pronunciada en
estos días por el Papa, pareció convertirse en un hecho periodístico de
enorme trascendencia en su país natal. Pero resultó apenas una
banalidad. Siempre fue claro que la única voz oficial del pontífice es
la sala de prensa del Vaticano. ¿Por qué tanta agitación, entonces?
Ciertos círculos políticos parecen obsesionados no con los portavoces.
Les molestan los amigos. Quienes conocen de verdad a Francisco y pueden
transmitir su pensamiento. Y se han empeñado en desautorizar su voz. Una
extensión de la ya denunciada, “brutal e inaudita”,
campaña mediática contra Bergoglio.
“No
hay más voceros, en la Argentina o en cualquier otro país, que los
voceros oficiales del Papa. ¿Es necesario repetirlo? Lo repito entonces:
la oficina de prensa del Vaticano es el único vocero del Papa”, dijo el
líder católico al diario La Nación, en una entrevista publicada el
domingo último. Un texto que pareció –más bien- la escueta transcripción
de un coloquio privado, con todas las limitaciones del caso.
La
pregunta del periodista Joaquín Morales Solá, que obtuvo esa respuesta,
se centró en una persona específica: Gustavo Vera, referente de la
organización social La Alameda y legislador de la Ciudad de Buenos Aires
por el partido Bien Común. Pero Francisco no quiso personalizar.
Respondió genéricamente, con verdad y apegó a lo institucional.
Quienes
conocen de verdad al Papa, saben que no necesita voceros especiales.
Con Federico Lombardi, director de la sala de prensa vaticana, le basta y
sobra. Una cosa distinta son sus amigos. Estos se encuentran en otro
nivel. Con ellos mantiene un diálogo permanente, sincero y profundo.
Conocen al pontífice mucho más a fondo, saben de sus preocupaciones y de
sus inquietudes. Eso los hace periodísticamente atractivos. No
necesitan hablar en nombre de Francisco, hablan por si mismos de aquello
que ver y oyen.
Un vocero es, a menudo, víctima de un entramado
protocolar. Eso lo limita y condiciona. Un amigo es libre y creativo,
cualidades que el Papa valora. Así se lo manifestó esta misma semana al
propio Vera, en un correo electrónico en el cual constató que “predicar
con viento en contra es, en definitiva, la característica del profeta”.
Le reconoció una “actitud y actividad constructiva”, pero advirtió que
“sucede lo de siempre: cuando ven a alguien que construye puentes les da
miedo”.
Más adelante estableció: “Sos mi amigo. Lo dije y lo
digo. Te hospedás aquí (en Santa Marta ndr). Eso si: te tienen miedo
porque no solo denunciás sino que construís”. Y apuntó: “Las elites
selectivas le tienen terror al hecho concreto de que todos somos hijos
de Dios, iguales ante la justicia y con los mismos derechos”.
En
ese mismo mensaje, al cual tuvo acceso el Vatican Insider, Bergoglio
dejó en claro estar bien consciente de la campaña en su contra que
atraviesa varios medios de comunicación en Argentina. Lo hizo con frases
incontestables: “Me viene, al final, una frase muy argentina: ‘prender
el ventilador’... Creo que al ‘operativo de prensa’, organizado por
algunos colaboradores del oficialismo le cabe perfectamente. Después de
todo, y lo digo con tristeza, desparraman lo que tienen en el corazón.
Levantar muros y ensuciar a los otros, aquí son sinónimos”.
Vera y
otros personajes cercanos al Papa, como el consultor vaticano Juan
Grabois, han aclarado muchas veces en público que ellos no son voceros
del pontífice. ¿Por qué siguen siendo calificados sistemáticamente así
por la prensa? La explicación puede encontrarse en un artículo de Jaime
Durán Barba, ecuatoriano, cercano asesor del presidente argentino
Mauricio Macri.
Él fue el primero que habló de “voceros del Papa” para deslizar críticas hacia opiniones que considera incómodas.
Durán
Barba no aprecia a Francisco, es públicamente conocido. Tanto él como
Elisa Carrió, diputada nacional y compañera política de la alianza
gobernante Cambiemos, no han dudado en lanzar filosas críticas contra el
pontífice cuando lo consideraron políticamente necesario. O útil. Pero
desde el gobierno de Macri sólo ha habido desmarques tibios. Ningún
desmentido. Para todos es claro que ni uno, ni la otra, son voceros del
presidente. Pero no por eso se los desautoriza. Sus voces son muy
escuchadas y sirven de termómetro político para comprender lo que ocurre
en el contexto del mandatario.
No es necesario ser amigo del
Papa para saber con exactitud lo que él piensa sobre la política, el
gobierno, la corrupción, el liberalismo salvaje, la deuda externa, el
desempleo, las dificultades económicas de las familias, la ecología o el
consumo indiscriminado de los recursos naturales. Basta con seguir sus
múltiples discursos, que se cuentan por centenares. O, si se prefiere,
leer documentos como “Evangelii Gaudium” y “Laudato Si”.
Tampoco
se requiere ser un cercano asesor del Papa para poder contrastar ese
pensamiento, públicamente conocido, con lo que ocurre en Argentina. En
Brasil, en México o en cualquier parte del mundo. No es obligatorio
tener la venia del Vaticano para sacar las propias conclusiones y
transmitirlas a los demás. Este ejercicio lo pueden hacer periodistas,
analistas, observadores y también, por qué no, amigos.
Francisco
no tiene un problema personal con Macri. Lo aclaró él mismo. Eso no
significa que esté obligado a compartir todas y cada una de las
decisiones del presidente. Ni de ningún presidente. Tampoco que deba
autocensurarse cuando se siente preocupado por la situación real de la
gente en su país, ajustada entre “tarifazos” y preocupada por cómo llega
a fin de mes. Esa preocupación, no siempre personalizable, habla de lo
que Bergoglio siempre fue: un hombre que vive en un presente absoluto.
Así
las cosas, la discusión argentina sobre los “voceros” del Papa parece
superada por la realidad. En cuanto a sus amigos, pretender silenciarlos
es tanto como querer censurar la voz del mismo pontífice. Y eso suena,
más bien, a una trasnochada voluntad decimonómica.